Tiempo perdido y los ciclos de la vida

Por Manuel Sánchez Adam

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Tiempo perdido propone una bifurcación de sentidos que terminan rozándose. Desde el comienzo, le provee al espectador la posibilidad de optar entre lo estrictamente académico, con todo lo que ello implica, o dejarse atravesar por las pasiones de lo cotidiano. 

Martín Slipak encarna a Agustin Levi, doctor en literatura. Este personaje se muestra frío, solitario y enigmático; vive en Noruega hace años y viaja a Argentina para dictar una serie de conferencias sobre literatura nórdica, su especialidad. Tras instalarse en un hotel, se entrega de lleno a su labor, ocupando la mayor parte del día en cada una de las actividades que le toca afrontar y relacionándose de manera escasa con sus colegas que, por otra parte, intentan integrarlo a las reuniones.

Responsable y exigente consigo mismo y los demás, no se da margen para el ocio. Por las noches, mientras cena en su cama, redacta artículos que tiene pendientes y se esfuerza por darle un cierre a la ponencia del día siguiente.

En este marco, la película ofrece una mirada retrospectiva hacia la adolescencia de Agustín, más precisamente en el desenvolvimiento con sus pares de aquella época. Aquí se trazan coincidencias entre el pasado y el presente en torno a su personalidad. Todas pruebas fehacientes que explican su inclinación por el mundo de las letras.

En el ir y venir de la trama, Agustín, aprovechando su regreso a Buenos Aires, decide escribirle un mail a su antiguo profesor de literatura, quien, por otra parte, fue determinante en la elección de su profesión. Planean verse el viernes de esa semana.

Por su parte, Marina (María Canale), ex compañera del secundario de Agustín, asiste a una de las conferencias con el único fin de verlo. Luego de muchos años sin hablar, ella lo sigue hasta una plaza en pleno centro porteño y le explica que llegó tarde a escucharlo, pero que está encantada de verlo nuevamente. Hablan unos minutos y Levi se retira con una sensación vacía.

Llega el ansiado momento, donde Agustín- en su fantasía- podrá dialogar sobre literatura con su ex profesor. Es que representa algo más que una cena y un reencuentro. Significa refrescar el pasado y, de alguna forma, reconfirmar las causas que lo llevaron al mundo académico. Tal es así que llega primero aguardando el paso lento de Carlos, aquel docente que tanto lo marcó. Se sientan en una mesa e, inmediatamente, luego de hablar de Marina -también ex alumna de Carlos-, el pasado idealizado del joven y las supuestas charlas que imaginó en su cabezaca en estrepitosamente al enterarse de la nueva vida de quien fue su gran inspiración. Carlos no responde a sus expectativas. Atravesado por la vida y las pasiones, ya no cree fervientemente en el mundo de las ideas y le atraviesan otras cuestiones más cotidianas. Entre ellas, las referidas a su nueva pareja y la vida apacible, sin demasiados interrogantes.

Ya camino al aeropuerto para abordar la vuelta, Agustín, acostumbrado a una vida más solitaria, observará a diferentes personas abrazarse con sumo afecto. Aquí comprenderá lo que este profesor venido a menos le quiso expresar acerca de lo esencial de la vida, pero que él, subsumido en una profunda decepción, ignoró.

Este filme, disponible en Cine.ar, extrapola dos etapas: la juvenil; en donde la frescura por el porvenir y la proyección individual se interponen; y la vejez; sitio donde pareciera que todo lo que se hizo no tiene mayor sentido que hallar un propósito a nuestro paso por el mundo.

Manuel Sánchez Adam

Periodista y crítico cultural