Los 70 años de la Mona Jiménez.

(Fragmento del libro de Alejandro González Dago, "El Baile de Cuartetos", ensayo sobre la historia del cuarteto cordobés, editorial El Emporio, año 2006)

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Cuando la Mona cumplió cuatro añitos, el 11 de enero de 1955, su padre le regaló una bicicleta que compró en la Mutual del Sindicato de Luz y Fuerza porque trabajaba en la EPEC. Lo sentó solito, le quitó el bonete que tenía sobre los ojos, puso sus manitos en el manubrio, le tocó la cabeza y, como si fuera la cosa más natural del mundo, el pibe arrancó y empezó a pedalear por todo el patio de la casa esquivando plantas y macetas. Media hora después ya le había quitado las rueditas auxiliares y esa misma tarde, luego de apagar las velitas, cortar la torta y reventar la piñata, el cumpleañero se puso a desafiar las leyes de gravedad escalando paredes con la bici y corriendo carreritas por las medianeras. Hacía lo que quería con su bicicleta, así en el cielo como en la tierra. Le gustaban las piruetas en el aire y tal vez por eso mismo en su adolescencia estudió dos años en la Escuela Sarmiento para ser después piloto de Aerolíneas Argentinas.

A los cinco añitos, con su bici voladora, andaba haciendo Willy por los techos y en los potreros tomaba envión pedaleando en piñón fijo y después clavaba los frenos mientras tiraba el cuerpo para un costado provocando un derrape tan espectacular que marcaba un surco donde después no se atrevía a crecer ni siquiera un miserable yuyo, de vergüenza.
Dejaba la bici apoyada y se subía a los árboles como se sube cualquier otro chico, con la diferencia que este iba y volvía de una esquina a otra saltando por las copas o colgado de las ramas como si fuesen lianas.

No parecía la mona Chita, era La Mona Jiménez.

Cualquier vecino de barrio Escobar lo sabe. No había manera de tenerlo quieto. Tenía hormigas en la sangre, como se dice. Desde que nació le gustó el vértigo y era capaz de hacer cualquier morisqueta o cualquier malabarismo siempre y cuando lo hiciera con su cuerpo. Aun teniendo en cuenta su edad era un chico demasiado travieso e inquieto, pero es que también era, sin saberlo, un fenómeno de plasticidad y destreza natural dentro de un privilegiado cuerpo. Y como siempre lo sedujo el baile, a los ocho años para bailar folclore en un ballet del barrio se vestía como se viste ahora el Chaqueño Palavecino: Sombrero aludo, pañuelo blanco al cuello, botas acordeonadas y bombacha bataraza. Y zapateaba como El Chúcaro. Y como Santiago Ayala bailaba.

En 1965, cuando tenía catorce años, La Mona Jiménez usaba pantalones de cuero negro, ajustados, y campera de cuero también negra con una hilera de tachas plateadas en la espalda. Bailaba el Rock alrededor del reloj y el Rock de la cárcel (Un día hubo una fiesta aquí en la prisión/) mejor que cualquiera. Por eso un domingo en el club Atenas ganó el concurso de bailarines de rock and roll que organizaba Ronda Juvenil, un programa de Radio Universidad que conducía José González. Era un espectáculo verlo bailar rock. Con sus dos manos le tomaba las dos manos a su ocasional compañera. La traía como esquiando, de cuerpo entero hasta su cuerpo, de modo que ella, con sus dos pechos, rozara apenas su solo pecho. La traía y la llevaba. Después le soltaba una mano y cuando la inercia hacía que los dos levantaran la mano suelta más arriba de sus cabezas, volvía a tomarle esa mano con la misma firmeza con la que tomaba la baranda del puente La Tablada y la hacía pasar entre sus piernas.

A la piba se le abría la pollera como un paracaídas y en el momento en que parecía que iba a estrellarse, La Mona Jiménez le pasaba una pierna por encima de la cabeza para quedar a su frente y después la daba vuelta y la cargaba, de una, a cocochito, y espalda con espalda. Y la bajaba. Y empezaba de nuevo. Y otra vez todo el mundo a bailar/ todo el mundo en la prisión/ corrieron a bailar el rock. Punta y taco. Taco y punta. Una mano suelta. Medio giro. Vuelta entera. Pierna derecha sobre la izquierda. Otro medio giro. De costado. De frente. Rodilla con rodilla y hombro con hombro. Dos pechos sobre un pecho. Dos labios sobre una boca. Cien jadeos y mil latidos por un suspiro y por una mirada…por una mirada un reino. Una promesa por cada juramento, por cada rock un beso y por cada beso un ojal desprendido, después un botón menos; después un zaguán.Padre nuestro que estás en los cielos, qué más se puede pedirle a la vida a los catorce años que no sean un rock, un zaguán, y un beso…

En 1966 cuando el Siglo Veinte tenía sesenta años, la década seis y él apenas había cumplido los quince, La Mona descubrió el tango porque antes había descubierto la noche que por entonces ya tenía mil años. A esa edad ya era vulnerable por el lado de la sensibilidad. Tenía quince años y se le llenaban los ojos de lágrimas y se le erizaba todo el cuerpo de sólo imaginar por qué uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias si sabe que la lucha es cruel y es mucha. Aquel año, a aquella edad, ante un público muy especial, Jiménez debutó como cantor de tangos en el Chantecler, el cabaret más cabarute de Córdoba capital.

En los años Sesenta en Córdoba no cualquiera iba al cabaret, por eso era un público muy especial. Al Chantecler sólo iba lo más granado y lo más picante de la ciudad. Lo más granado no quiere decir lo más fifí ni lo más gagá. Lo más granado quiere decir gente que conoce de la vida y que tiene mucha noche, tanta o más que el lobo feroz. No por la ferocidad sino por lo solitario. En cambio lo más picante, quiere decir lo más picante.
Además al cabarute no iba cualquiera porque para la moral cordobesa de la época era más grave que los hombres fueran al Chantecler que a la calle Igualdad que era la calle de los Amueblados llamados Muebles y la calle de las prostitutas. Tampoco era causal de divorcio ni escándalo que los hombres fueran a Las Ponce, que era el rancherío más libidinoso y puteril del mundo occidental. Y algo de sabiduría ovárica había en ese razonamiento femenino de mujer de provincia con exceso de campanarios y sobredosis de misa de once. Ellas pensaban que si Las Ponce era una Casa de tolerancia, la calle Igualdad era una Calle de tolerancia. En cambio el cabaret, Dios me libre y guarde, era un antro de perdición, el pecado bajo techo y la lujuria entre cuatro paredes. Las señoras gordas una vez enteradas que sus maridos iban a Las Ponce decían: Es una canita al aire, cosa de hombres. Pero si llegaba a ir al cabarute, la gorda se ponía furiosa: – Ah no mijito, eso no te lo voy a permitir. Una cosa es ir a sacarse la calentura con una pobre chica que al fin y al cabo está trabajando vaya una, que también es madre, a saber con qué necesidad, y otra cosa muy distinta es que el mocito como si tal cosa y como si no tuviéramos deudas que pagar ande por ahí chocho y feliz haciéndose el novio y paseándose por todo el cabaret de la mano de una loca tumbada que si tiene esa cinturita debe ser porque no sabe lo que es fregar un piso ni preparar un mísero plato de comida, la desgraciada. Estoy segura que antes de revolcarte con esa yegüa de mierda la invitarás a tomar una copa de champagne y le harás regalos. Pero a mí que soy tu mujer, la madre de tus hijos, hace dos meses que ni con un busca polos me tocás ni me comprás un calzón de oferta siquiera, desgraciado de mierda. Buah…buah… tenía razón mi mamá. ¡Yo tendría que haberme casado con el Cacho, buah!…
Entonces el tipo, sucio como él solo, atinaba a parar la bronca respondiendo con humor: – Y yo qué sabía que vos vendías calzones de oferta…
Se sabe que muchos hombres en Córdoba alguna vez se enamoraron perdidamente de alternadoras de cabaret y dejaron todo por ellas. De afuera resulta difícil entender cómo es posible que un tipo normal, trabajador, buen vecino, buen padre, buen hijo y buen contribuyente se haya podido enamorar de una cabaretera y por qué. Pero desde adentro se ven distintas las cosas. Primero porque un tipo así no es un tipo sino un prototipo, y segundo que hay razones del hombre que otras razones no entienden.
En el cabaret el hombre siente de cerca la compañía de la mujer porque antes de arrancar con ella no hay sexo explícito pero sí mimos y un alto grado de erotismo. Y porque además de compartir la noche con una mina exuberante en medio de un exuberante show con una copa de alcohol en la mano y otra en la cabeza, el hombre, sobretodo, puede lucir desafiante ante otros hombres el animal instinto de conquista y propiedad que tenemos desarrollado todos los hombres. Por eso en los años Sesenta al cabaret sólo iban los hombres con instinto que buscaban compañía. Pero no iba cualquiera. Porque una cosa es ir al cabaret una vez en la vida o de vez en cuando, en barra, con un montón de amigotes, y otra cosa muy distinta es ir al cabaret solo y todas las semanas así como otros van a misa.

El cabaret es uno de los grandes inventos de la humanidad porque allí nadie hace preguntas ni pide explicaciones. Es el resumen perfecto del teatro de la vida donde por una noche todos dejamos de actuar y el que sigue actuando no se divierte. El cabaret iguala a los hombres horizontalmente y la felicidad no es una quimera porque uno la tiene ahí nomás, a un chasquido de sus dedos, dentro de una copa de champagne. Es apenas una efímera brisa de felicidad, es cierto, pero: Y cuál es la otra, la que no es efímera ni brisa?
El cabaret es el único lugar en el mundo donde el destino cabrón puede echar la falta envido con treinta y tres todas las veces que quiera, total allí el hombre siempre es mano.
En la puerta del Chantecler, en Córdoba, solía haber un cartel como en la piedra de acceso al El Infierno del Dante que decía: Dejad fuera toda esperanza de tristeza y privilegio, los que entréis… Y del otro lado de la puerta otro que advertía: Dejad dentro toda felicidad vivida, los que salgáis.
El cabaret es para algunos hombres lo que el adulterio es para algunas personas; así de tentador, así de atractivo.
En la noche de aquella década, a los quince años de edad, sin saber que con el tiempo sería el más grande cuartetero de todos los tiempos, La Mona Jiménez cantaba desafinados tangos en el cabaret pero con ese tono oscuro del callejón. De la puerta del Chantecler para afuera, del cartel para allá, el siglo XX era un despliegue de maldad insolente.

Eran los años Sesenta.
Los años Sesenta tenían reservada una bala para Martin Luther King, otra para John Fitzgerald Kennedy y otra para Ernesto Che Guevara.
En los Sesenta Mohamad Alí todavía era Cassius Clay y Sofía Loren y Claudia Cardinale dos lobas que amamantaban a toda Italia con sus senos. Por eso en Córdoba el que no se llamaba Rómulo quería llamarse Remo.
En la década del Sesenta, el 5 de agosto de 1962 a eso de las tres de la madrugada, el Coco Rassi, el tío Enrique y el resto de los tíos solterones del barrio que tenían cuenta corriente en los cines Capitol y Novedades, enviudaron de Marilyn Monroe, la más bella muerta, dicho por Paco Umbral.
En los años Sesenta B.B quería decir Brigitte Bardot y Brigitte Bardot quería decir Torre Eiffel. En la década del Sesenta entre pitos y flautas Estados Unidos se gastó de su caja chica ciento treinta y cinco mil millones de dólares fabricando guirnaldas, cañitas voladoras, rompeportones, cohetes y bengalas para inaugurar en Asia un gigantesco Mc Vietnam. Pero como a los seguidores de Ho Chi Min nunca les gustaron las hamburguesas ni la comida chatarra, le arruinaron la fiestita. En el intento murieron cincuenta y seis mil norteamericanos y un millón quinientos mil vietnamitas. Ante semejante estupro bélico la sociedad occidental tuvo erupciones en su cuerpo y así nació el movimiento Hippie y su credo: Sexo, drogas y rock and roll.
En Córdoba la década del 60 había empezado en febrero con el pavoroso incendio de la Shell y dos meses después, el 18 de abril, se decretó la muerte de la siesta en la ciudad porque a la una de la tarde nació la televisión. LUIH Canal 12 Experimental ponía su señal en el aire, la vida dentro de un tubo de vidrio y el tubo de vidrio y la vida dentro de una caja de madera. Lo primero que se vio fue el jardín de Canal 12 en el Cerro de Las Rosas, después una película italiana, El conventillo de San Juan, y después Buffalo Bill, Yo quiero a Lucy, Perry Mason, Dimensión desconocida, Los trabajos de Marrone y, patapúfete, Viendo a Biondi.
En la década del Sesenta Ricardo Schmider gritó Aquí Cosquín y nació el grito y el Festival Nacional de Folclore y Felix Gigena Luque dijo ¡ Buenas noches, Patria ! para que en Jesús María corcovearan potros en crina limpia o en bastos con encimera. En los años Sesenta nació Maradó… y El Cordobazo. Y murió Julio Sosa. Y Rogelio Nores Martínez sacó los tranvías y la CATA. Israel le ganó a Jordania y a Egipto La Guerra de los Seis Días y los estudiantes en Francia, les enfants de la patrie, en Mayo de 1968, influenciados por Herbert Marcuse y Jean Paul Sartre, acuñaron dos históricas proclamas en su lucha por una sociedad más justa: La imaginación al poder y Seamos realistas, pidamos lo imposible.
Era cuando la izquierda enamoraba.
En la década del Sesenta, el 3 de noviembre de 1965, desapareció el TC-48 en plena selva Centroamericana. El avión Douglas llevaba flamantes alféreces de la Escuela de Aviación Militar en su viaje de egresados y la ultima vez que el piloto se comunicó con Córdoba fue cuando cruzaban la selva en Costa Rica.
Justo en aquel tiempo, cuando el siglo Veinte tenía sesenta años y la década seis. Cuando Mario Vargas Llosa todavía era de izquierda y Víctor Jara un niño yuntero. Cuando derecha era mala palabra, mersa lo contrario de bian y el que no era in estaba out. Cuando Tanguito escribía La Balsa y Miguel Cantilo cantaba La Marcha de la bronca. Justo cuando Chito Ceballos había llegado a Córdoba para cantar y de paso estudiar. Cuando El Coyuyo y El Alero eran dos asambleas de estudiantes antes que dos peñas folclóricas, La Carlina no era sólo una pensión y en el barrio Alberdi lo que hoy era un juramento mañana era una traición porque amores de estudiantes flores de un día son en Plaza Colon. Justo cuando Raúl Ceballos empezaba a llevar a Doña Rosa al Café Concert Elodía donde el Pinocho Borioli era mozo y Luis Alesso una canción. Justo cuando empezábamos a entender por qué las vergüenzas que nos quedan son las libertades que nos faltan. Y justo en el preciso momento en que al siglo se le había dado por fumar marihuana en público, hacer la señal de la paz con los dedos en ve, ponerse sandalias franciscanas en los pies y anteojitos redondos en la punta de la nariz, a La Mona Jiménez, que tenía los quince recién cumplidos, se le dio por cantar tango y además Cuarteto, que todavía no era cosa de intelectuales sino de negros porque en Córdoba los negros nunca fueron intelectuales aunque hayan habido siempre intelectuales negros.

Para quien no conoce Córdoba por dentro, esto ultimo puede sonarle a contradicción, juego de palabras, incoherencia dialéctica o apología del separatismo y la xenofobia mediterránea. Pero quien conoce bien, sabe la diferencia que hay entre dos negros cordobeses. La diferencia va más allá de lo cromático o lo pigmentario y la única vara para medirla es la del humor, que de no haber sido por la chacota ya hubiese habido verdaderas guerras entre negrazones por cuestiones de piel y de envases.
En Córdoba el negro no es negro black ni negro preto sino más bien marroncito. Y no es imprescindible ser negro para que a uno le digan negro, ni tener títulos nobiliarios para que le digan che varón. En Córdoba todos somos negros pero de distinta tribu porque desde la era Comechingoniana siempre hubo dos clases de negros: El negrito Usté y el negro de Mierda. El rápidamente identificable es el que pertenece a la segunda sub especie humana puesto que abunda por tener un fácil y alto índice de reproducción. En cuanto a los negritos Usté la mejor forma de reconocerlo en su hábitat natural es observando su comportamiento en público. Sobre todo cuando ni se inmuta al recibir la factura de la luz. Un negrito Usté jamás dirá de su coterráneo que es un negro de mierda aunque el sujeto bocón y pendenciero lo sea. Y evitará por todos los medios exponerse al ludibrio público por lo que nunca practicará el concubinato, el adulterio, ni colgará los ganchos. Menos aún arriesgará su mestizo señorío cometiendo excesos tales como choripán con Tetra o ponerse hasta las manos, levantadas, con Fernando. Hasta es posible que esta especie de lordnegro cordobés nunca en su vida vaya a ser capaz de hacerse un pulmón u olvidarse de pagar la Afip y su AFJP. Tratase, resumiendo, de un individuo oscurito, pero no tanto. Híbrido y desabrido, eso sí. De rápida coagulación y escasa noche que durante toda su vida reprime su condición indígena por cuidarse de el qué dirán y cuando se muere las vecinas compungidas comentan aliviadas al lado del cajón:
!!! Por fin se murió este negro agrandado… !!!
Sin embargo existe en la fauna cromática cordobesa un tercer sujeto negro que dada su alta peligrosidad, como que es capaz de peinar para adentro a su propia madre, solamente es posible encontrarlo mimetizado entre los tres exclusivos colores que sólo existen en Córdoba: El verde botea, el amarío patito y el negro en cuestión. Este incorregible personaje al que el propio humor cordobés califica con la más alta calificación con la que los cordobeses podemos calificar a una persona cuando queremos descalificarla – calificación que no sólo depende de un adjetivo sino de la entonación y el énfasis que uno ponga al calificar- también estuvo presente, como corresponde, en la historia del Cuarteto. Y no es un cuentito cordobés para reírse. Y estuvo de los dos lados. Estuvo del lado de los que bailan y del lado de los que no bailan ni dejan bailar. Este personaje a veces xenófobo y contradictorio, tan mal llevado y dictatorial como otras veces cálido y democrático. Tan pícaro como tonto, tan sutil como torpe, tan alegre como triste, agradecido como rencoroso, separatista como integrador, y tan solidario como indiferente. Este personaje que habita dentro de la mayoría de nosotros los cordobeses y al que pretendemos negar o esconder tras el humor o una docta cultura, se encargó de distorsionar la verdad, como si no hubiéramos aprendido aún que distorsionar la verdad es más grave que negarla.
Lo peor que puede sucederle a la verdad no es que se la niegue, sino que se la distorsione. Cuando se niega la verdad sólo es cuestión de tiempo para que se conozca. Pero cuando se la distorsiona mintiendo y mintiendo para que algo quede, es siniestro porque nunca se sabrá la verdad. Una verdad a medias no es la mitad de la verdad. Una verdad a medias es una mentira. Pero media mentira es una mentira entera. Y para que sea una mentira mayor, en Córdoba hay gente que a una media mentira le llama mentiritao mentira piadosa. Algo de esto sucedió y todavía sucede con la música de Cuartetos y los bailarines de Cuarteto desde aquella década y durante los cuarenta años siguientes.

En el año 1966 el Cuarteto no tenía presencia en la ciudad. Miguelito Gelfo buscaba el tiempo y la oportunidad para entrar en la urbe. Las orquestas Características prácticamente ya no existían y excepto el programa radial que tenía La Leo por LV2, toda la difusión musical para el hombre urbano era de Ervé Vilard, Richard Anthony, Silvie Vartan, Johnny Holliday, Rita Pavone, Mina, Doménico Modugno y Raphael, entre otros, como si en la ciudad sólo viviera gente con esos gustos musicales.
Hasta que apareció La Mona Jiménez.
Hacía tiempo que Jiménez andaba siguiéndole los pasos por todos lados a La Leo y merodeándole al Cuarteto porque el ritmo del Tunga / Tunga lo atraía ya que, tal como a él le gusta, le hacía vibrar todo el cuerpo. Cuando no tenía que cantar en el Cabaret, iba a los bailes de La Leo porque admiraba a Carlitos Rolán como antes había admirado a Sosa Mendieta. Su tío político, Coquito Ramaló, hermano de Carlitos Rolán y casado con la hermana de su madre quien cantaba bajo el nombre de Chela del Mar, fue quien le dio la noticia y lo convenció acerca de una oportunidad. La oportunidad era cantar para un nuevo Cuarteto, el Cuarteto Berna, una formación compuesta por chicos de más o menos la misma edad donde la condición que había que cumplir a rajatabla era lucirse pero no mucho porque la estrella era una sola: Bernardo Bevilacqua, el pianista, el pibe de oro, Berna. Y entonces fue que Carlitos Jiménez debutó cantando Cuartetos en un programa de LV2 que conducía Carlos del Solar que se llamaba El Festival del éxito y luego ante el público en Jesús María, y hasta ayer no había parado de cantar. Ninguno de los dos, ni La Mona ni el Cuarteto, sabía que después de esa primera vez uno ya no podría vivir sin el otro. Empezó cantando por el sándwich y la Coca dos o tres temas en uno o dos bailes por semana solamente porque lo esencial era el Cuarteto y no el cantor. Estaba claro que el objetivo era que El Cuarteto Berna fuera el nuevo Cuarteto Leo pero de la ciudad, que El pibe de oro fuera el nuevo Miguelito Gelfo del piano, pero que La Mona no fuera el nuevo Carlitos Rolán y menos el nuevo Sosa Mendieta. A ver si la tenés clara, papá: La base está. Acá primero está la patria que es El Pibe, después está el movimiento que es el piano de El Pibe y recién después está el hombre, que por supuesto también es El Pibe.
En 1969 cuando La Mona tenía dieciocho años, Bevilacqua padre le exigía que no bailara al cantar porque a la gente le gustaba mucho, se lucía demasiado y “te he dicho que en este Cuarteto, estrella/ estrella hay una sola/ estrella es El pibe/ los demás son empleados”. Desde 1966 hasta 1971, es decir durante cinco años, La Mona fue el cantor de Berna con quien grabó cinco discos Larga Duración. El primero de ellos se llamó Una noche en Carlos Paz, donde La Mona Jiménez no parece La Mona Jiménez sino el cantor de las madres y las novias.

En 1971 se fue de Berna y junto a su tío Coquito Ramaló formó El Cuarteto de Oro donde permaneció doce años, grabó veintiséis discos y ganó cinco discos de oro y uno de platino. Allí finalmente apareció La Mona. Con El Cuarteto de Oro volvió a treparse al puente La Tablada y a tirarse de cabeza al río de frente y de espalda. Empezó a cantar con el cuerpo moviéndose sobre el escenario como no la había hecho antes ningún otro cantante excepto el gran Elvis Presley y Sandro.

Hacía todo tipo de monadas. Se arrodillaba y tiraba el cuerpo para atrás hasta tocar el suelo con la nuca, después se ponía de pie y bailaba y bailaba. Tiraba la pandereta cuatro o cinco metros para arriba y al caer la enhebraba con el brazo como si tal cosa, pero hacía veinte bailes por mes y juntaba casi cincuenta mil personas cada treinta días, algo así como seiscientas mil personas por año. Era 1972, tenía veintiún años y ya era una leyenda, aunque todavía no era un gran vendedor de discos. Lo de La Mona entonces era de persona a persona, en vivo, en los bailes, era él. La gente que lo seguía lo miraba, lo escuchaba cantar y hablar y se sentía identificada: Habla como nosotros, decían algunos como queriendo decir es uno de nosotros arriba del escenario. Con el tiempo, un buen día, pasó a ser dueño de los record de ventas. Por sugerencia del maestro Santos Lipesker, director musical del sello Phillips en aquel tiempo, grabó Córtate el pelo cabezón/ cortate el pelo de una vez /que pronto no podrás ya ver/si lo dejas crecer un poco más/ y vendió casi trescientos mil discos. Con La gaita del lobizón: Con yuyos una brujita/ un menjunje preparó/ transformando a un gauchito/ en terrible lobizón/ es noche de luna llena/ y un aullido se escuchó/ las mozas temblaron todas/ porque viene el lobizón/ que te come/ que te come/ que te come el lobizón…una cifra similar. No había cargada entre la gente que no tuviera que ver con los cabezones de pelo largo o con el aullido de un lobizón. Hasta en la cancha lo cantaban. Y la mayoría seguía diciendo que el Cuarteto era cosa de minorías. En 1984 Jiménez se fue de El Cuarteto de Oro y formó su propia agrupación. De movida nomás metió un éxito, La Flaca la gasta: Ahí viene la flaca Marta/ moviendo la cinturita / qué bien que baila esta flaca/ todos por ella se matan/ como la gasta/ como la gasta/ la flaca Marta/ como la gasta… Después grabó Muchacho de barrio/ que no tiene horario/ cuando hay que cantar… después Cuartetero de corazón y Quien se tomó todo el vino/ díganme/ solo quiero saber/ quieeen/ se ha tomado todo el vino o-o-o-o-o-o/ Y Agujita de oro. Y A la orilla de la mar/ suspiraba una gaviota/ y en el suspiro decía/ nena como vos no hay otra… y El Chuculé. Y Nuestro estilo cordobés, y siguen las firmas. Lo que consiguió aquí La Mona Jiménez fue único: Sobre siete discos grabados, cinco ganaron Disco de oro, y los otros dos, Disco de platino. Y después más oro y más platino y otra vez siguen las firmas…

En cuarenta años de carrera, desde 1966 hasta este 2006, lleva setenta y cuatro discos grabados, es decir un promedio de casi dos discos por año. Grabar dos discos por año para un cantante exitoso no es ninguna hazaña, pero grabar dos discos por año durante cuarenta años seguidos y vender cuarenta años después igual o más que el primer día, no es un dato menor. Sobre todo en los últimos tiempos porque realiza sus grabaciones en el estudio privado que tiene en su propia casa, distribuye él mismo sus discos y luego estos se venden al público en supermercados a un precio menor al que le hubiesen marcado los sellos discográficos. Sin embargo, La Mona Jiménez no llegó a ser La Mona Jiménez sólo por ser un gran vendedor de discos, ni es un gran vendedor de discos sólo por tener un gran poder de convocatoria. Suponer o afirmar eso sería situarlo en el más alto peldaño al que pueda aspirar cualquier cantante mediático, solamente.
Lo de Jiménez es bastante más que eso.
Cuando un hombre acierta a protagonizar su tiempo y los otros hombres sólo pueden acompañar ese tiempo, ese hombre será quien escriba la historia y la historia será escrita sobre la vida de ese hombre. Pero cuando un hombre además de adelantarse a todos los hombres, señala el camino desde la nada, conduce, lucha y el tiempo le da la razón, ese hombre no es sólo un hombre exitoso en su tiempo; ese hombre también es un mito.
La Mona Jiménez es el más grande cuartetero de todos los tiempos y es un mito viviente, porque antes que música y alegría le dio identidad a un pueblo. Y para un pueblo la identidad es su primera dignidad.
Ese hombre que es éxito, alegría y fiesta de Cuartetos.
Ese hombre al que ni bien reconocen saludan con la mano palma arriba y abajo marcando el Tunga / Tunga.
Ese hombre que es sinónimo de taquilla.
Ese hombre, el cordobés más famoso, con quien todos quieren una foto.
Ese hombre que hace bailar al que no tiene pan, al enfermo, al que no llega a fin de mes y también al Goyo Pérez Companc.
Ese hombre que por igual divierte a los pungas y a sus intangibles señorías que los juzgan.
Ese hombre que canta con el cuerpo.
Ese hombre con cara de mono que despierta ternura en las abuelas y felicidad en los niños.
Ese mono con cara de hombre que tiene a una ciudad como organito.
Ese hombre, ni él mismo lo sabe, ese hombre es profeta en su tierra y entre los hombres es un mito.
Desde la primera vez que La Mona Jiménez cantó Cuartetos empezó a mostrar el camino. Nunca fingió ni aparentó ser lo que no era por más seda con que se vistiera. Nunca cantó para gustar, siempre cantó para alegrar y contener. Su concepto del arte del canto jamás pasó por interpretar bellas canciones o dulces melodías sino por divertir en la amargura, ponerle alegría a la tristeza, descomprimir tensiones con la prepotencia del ritmo del Cuarteto y de su cuerpo; y por interpretar la vida como él la siente. Y como nunca estudió canto con Gustavo Maldino ni aprendió a vocalizar con César Ferreyra, en vez de cantar con la voz educada, canta con la voz que tiene y con el cuerpo; y con el alma.
Esta novedad tan difundida últimamente a cerca de la globalización instaurada en la aldea global a finales de los Ochenta y comienzo de los años Noventa bajo severos regímenes de políticas financieras y dogmas neoliberales, ha sido para los países del Tercer mundo con economías emergentes como la nuestra, una silenciosa bomba de neutrones lanzada desde arriba que aquí abajo dio en el blanco – y en el negro – destruyendo el presente y el futuro, degradando a todo ser vivo, hacinándolo en un corralitohasta convertirlo en cosa, zombi social, mutante del sistema. Eso es lo que tienen de terrible los efectos de las bombas de la economía que arrojan las recetas neoliberales: No matan al hombre, lo dejan muerto en vida. Por eso no tienen perdón de Dios, por más responsabilidades que después se asuman o pechos que se golpeen. Las esquirlas son las que promueven la salvaje especulación.
Para las sólidas economías de los países más industrializados y ricos de la Tierra que forman el Primer mundo, mentores, aplicadores y contralores del sistema, también ha tenido sus consecuencias negativas puesto que ha redundado, para ellos, en una notable y preocupante recesión.
Sin embargo, para quienes nunca tuvieron mucho o siempre tuvieron poco por propia responsabilidad, por herencia, por portación de raza, por indolencia estatal, por ausencia de políticas específicas, excesivo asistencialismo del Estado, porque si o por despojo. Para aquellos a quienes toda la vida se les dijo pobres y ahora se les dice carenciados. Para los que antes eran personas de carne y hueso con necesidades y hoy son una estadística en un disco duro esperando ser enviadas a la tumba virtual de la Papelera de Reciclaje. Para el trabajador que siempre vivió al día, de changas, sin un trabajo fijo ni en relación de dependencia, pero con dignidad y al que ahora se le denomina autónomo y monotributista. Para los millones de habitantes de la Argentina lado B, como la definió Eladia Blázquez, la Discépola, porque no es la primera que se ve, esto no es ninguna novedad.
Recién hace algunos años atrás llamó la atención el cabildo abierto de la clase media argentina con el cacerolazo y las silenciosas asambleas de la desesperanza que deliberaban todos los días a las puertas de embajadas y consulados extranjeros buscando en otros países el digno derecho al trabajo. Recién ahora al mundo entero le llama la atención cómo pudo y puede haber tantos argentinos arrodillados en su propia tierra pidiendo a funcionarios de otras tierras una visa para comer. Pero esto tampoco es una novedad.
Cuando en nuestro país la mayoría estaba dividida, más que ahora, las minorías unidas hicieron todo eso y mucho más, siempre.
A los albañiles, peones de campo, peones de ciudad, empleadas domésticas y a quienes tenían el oficio de tener un oficio nunca se les pagó lo justo ni en término. Siempre se atrasó la quincena. Nunca nadie dijo algo ni les dio una explicación de por qué la plata fue puesta en el paño de la ruleta financiera. El día que la banca cantó el número de otro país recién se supo la verdad. Y lo llamaron default. Al boyerito de campo o al hachero, ni qué hablar. Desde siempre al desprotegido le han dicho si te gusta bien y si no te mandás a mudar. La mano de obra nómade nunca tuvo obra social, paritarias, ni escala salarial. Se les llamaba obreros golondrinas. Sólo que, en lugar de amontonarse frente a sedes diplomáticas con un pasaporte en el bolsillo y una cámara de televisión en frente, se amuchaban anónimos y callados en estaciones de trenes para viajar como polizones en mugrientos vagones de carga de una punta a la otra del país para el tiempo de cosecha. Siempre las penas fueron de ellos y las vaquitas ajenas.
A esa gente, a la mano de obra del país, le canta La Mona.
A ese pueblo le dio identidad Jiménez.
Cuando era cantante de Berna lo suyo sobre el escenario era más bien moderado porque un decreto de Bevilacqua así lo exigía. Además, porque la propuesta de Berna era musicalmente moderada y sobre todo porque en aquellos primeros años del Cuarteo en la ciudad de Córdoba el público no era juvenil sino más bien cuarentón. Pero cuando formó El Cuarteto de Oro en 1971, cuando el siglo Veinte tenía setenta años, la década apenas uno y en aquella globalización ideológica se confundieron y mezclaron las banderas, Jiménez empezó a divertir y a hacer bailar a aquellos que de la puerta del cabaret para allá habían dejado toda esperanza de felicidad.

Hace cuarenta años que La Mona Jiménez se para sobre el escenario y domina una de las tantas divinas comedias de la vida que en Córdoba la mayoría quiso negar mirando para otro lado como si fuera posible tapar el sol con las manos. A esta ópera callejera primero la protagonizaron los negritos y mucho después los blanquitos. A unos los hizo protagonista su color de piel, su manera de hablar y de arrastrar un olvido, una exclusión, una educación y sus dos pies. A otros, en los años ´90, les hizo arrastrar los pies una realidad, la globalización económica, la recesión y la desocupación que nunca respetó a ninguno de los dos.

Los unos no igualaron para arriba y los otros no igualaron para abajo.
Los unos no eran tan pocos, los otros no eran tantos.
Ni tan negros ni tan blancos. Esto que ahora resulta fácil decir o escribir, sin embargo, fue muy difícil de vivir. Para aliviar las cargas cada uno puso su granito de arena, pero La Mona Jiménez puso camionadas enteras.
En tiempos de la última dictadura militar que encabezaron Videla, Massera y Agosti desde los cuarteles y muchos civiles de doble moral desde otras corporaciones, Jiménez fue el más perseguido, censurado y prohibido de los cantantes de Cuarteto porque reunía todas las condiciones para ser declarado enemigo público número uno del sistema fáctico por la cofradía conocida popularmente como Todo lo que se mueve se saluda y todo lo que no se mueve se pinta.
Primero porque ya era el cuartetero con mayor poder de convocatoria y ascendencia sobre la gente.
Segundo porque ese poder lo demostraba en los bailes ya que La Mona Jiménez decía así, así y así, y la gente hacía así, así y así, igual que ahora.
Tercero porque Hum…
Cuarto porque ¡Ajá…!
Quinto porque Ojito…
Sexto por portación de pelvis provocativa.
Séptimo porque en sus bailes la gente le daba parejo al fernet con Coca.
Octavo porque… Ah, ya me parecía…
Noveno por ser negro
Y Décimo porque si es negro algo habrá hecho.
En eso tuvieron razón; algo hizo.

En 1977 porque el gobierno militar había dado la orden que ningún Cuarteto podía actuar de noche, a La Mona se le ocurrió hacer matiné en la Sociedad Belgrano. Como también estaba prohibido que los Cuartetos hicieran publicidad, Jiménez hacía imprimir volantes y personalmente los repartía en la calle San Martín en el tramo comprendido entre las avenidas Humberto Primo y Colón, que es el shopping de los pobres en Córdoba. Pasaba un muchacho o una chica y La Mona le decía: – Hola, que hacés. Soy La Mona Jiménez. Te espero esta tarde en la Sociedad Belgrano para cuartetear un rato. Andate con un amigo o una amiga. ¿Te espero? La primera reacción de la gente era no creer que ese tipo que estaba ahí repartiendo volantes en la calle fuera La Mona Jiménez. Cierta vez una chica le dijo: – Vos no sos La Mona Jiménez. Sos parecido, pero no sos La Mona. Yo a La Mona lo conozco y vos no sos La Mona. Entonces La Mona sonriendo le contestó: – Yo soy La Mona Jiménez, tomá acá tenés, te invito para que vayas a la matiné en la Sociedad Belgrano. Decime tu nombre y ya vas a ver que esta tarde en el baile te voy a saludar desde el escenario. La chica lo miró fijo, recibió la invitación y antes de guardarla en un bolsillo sin quitarle los ojos de encima le advirtió: – Mirá: más vale que seas La Mona Jiménez porque si no sos La Mona y andas diciendo por ahí que sos La Mona solamente porque sos parecido, mañana o pasado vengo acá con mis hermanos y te rompemos la jeta, ¿me entendiste? Con La Mona no se jode, loco… Esa tarde, en la matinée, La Mona Jiménez desde el escenario la saludó : -…y un besito para fulanita que espero haya venido al baile para que mañana o pasado en la calle San Martín sus hermanos no me quieran romper la jeta. ¿Dónde estás, viniste ? Allá está. Viste que era yo, mamita… Fulanita, la chica, hizo un gesto de sorpresa. Se tapó la boca con las dos manos y se le llenaron los ojos de lágrimas. Después corrió hacia el escenario para darle un beso a su ídolo y pedirle disculpas: – Perdoname Mona, yo no te quise insultar ni amenazar, perdoname por favor. Jiménez la miró y le contestó: – No tengo nada que perdonarte, sin vos yo no existiría.
Otro día, también en el shopping de los pobres, pero más cerca del Mercado Norte al que ahora llaman Mercado de la Ciudad, Jiménez andaba panfleteando y volanteando para la matiné de esa tarde corriendo el riesgo que lo levantara algún Falcon sin chapa porque según los de los Falcon sin chapa Jiménez sostenía económicamente a un grupo de guerrilleros y andaba en la droga y también en el juego clandestino y en cuanta cosa le inventaran. En un momento determinado pasaron dos muchachos y La Mona les dijo:
– Hola, que tal. Soy La Mona Jiménez. Sírvanse, esta es una invitación para que vayan a cuartetear esta tarde a la matiné de la Sociedad Belgrano. Va a estar lleno de chicas lindas, ¿los espero ?. Uno de los muchachos puso cara de sentirle mal olor al asunto, cerró a medias un ojo y dijo: – Pero vos no sos La Mona Jiménez. La Mona es más alto que vos y un poco más flaco. La Mona los miró sonriendo y les respondió: – Si, soy La Mona Jiménez. A lo mejor ustedes desde la pista me ven más alto porque yo estoy arriba del escenario, pero este soy yo. Y eso de que personalmente soy más gordito tenes razón. Mirá la buzarda que tengo a pesar que me mato en la bici. El otro muchacho que hasta ese momento no había dicho nada preguntó:
– Y cómo hacemos para saber si vos sos La Mona Jiménez y no un cana de civil o un milico que quiere guardarnos porque andan persiguiendo a todos los que nos gusta el Cuarteto? – Por esto mirá,dijo La Mona y se puso a bailar en medio de la calle como si tal cosa convirtiéndose en un blanco móvil fácil de Chupar o de acertar con una sola bala.
Cierta vez una de sus matinés en la Sociedad Belgrano terminó al caer la tarde, cuando ya estaba oscuro. Aquella penumbra fue suficiente motivo para que la Policía de Córdoba, que esperaba agazapada sobre Avenida Alem a que oscureciera, empezara a pegar palos salvajemente y a cargar a los bailarines en ómnibus para llevarlos detenidos a lo que entonces era la Comisaría 13. Pero como en el baile había más de 1.500 personas y no había colectivos suficientes para trasladar a todos, los bailarines fueron llevados a punta de fusiles y pistolas caminando por la calle en fila india, con la cabeza gacha, mirando al suelo, las manos cruzadas en la nuca y calladitas sus bocas como si fueran delincuentes de alta peligrosidad o prisioneros de guerra no comprendidos en la Convención de Ginebra. Las radios y los diarios de la docta ciudad nunca dijeron nada de aquel atropello, ni siquiera cuando regresó la democracia. En otra oportunidad, en el club Sargento Cabral, la Policía empezó con una de sus brutales razias. Era tal la violencia ejercida y los gritos de pánico de la gente, que Jiménez salió a la calle para detener la golpiza y hablar con los uniformados. Al primero que encontró le preguntó por qué hacían eso, por qué pegaban así y llevaban detenida a tanta gente, y el policía respondió: -Y…porque son cuarteteros. La Mona Jiménez dijo: -Ah bueno, entonces también tenes que llevarme a mí porque yo soy el primer cuartetero, y se puso al frente de la gente y fue detenido por algunas horas en la Seccional Quinta de Policía que está ubicada a tiro de piedra de lo que entonces ya era el Campo de Concentración La Ribera.
En 1978, el año del Mundial de Fútbol en nuestro país, se realizó en la cancha de Belgrano un programa doble de fútbol del que participaron muchas de las estrellas de entonces incluido Mario Alberto Kempes. Cuando terminó el partido hubo una discusión. Los ánimos se fueron caldeando y el clima se puso tenso. En fiel cumplimiento de nuestro designio que indica pelearnos todos los días mientras escribimos nuestra propia historia, se hizo lo que se debe hacer para armar un escándalo por un partido de fútbol. Es que el país estaba dividido en pedacitos, como siempre. Había quienes apoyaban la dictadura militar, quienes odiaban a los militares, quienes aprovechaban la circunstancia para sacar ventajas personales y quienes miraban para otro lado mientras rumiaban en tono de oración el padre nuestro argentino que comienza diciendo no te metás. Nada nuevo tratándose de nosotros. En ese partido de fútbol, aquel día, estaba presente La Mona Jiménez. En un momento de la discusión alguien le partió la cabeza de un botellazo a Jiménez. El propio Jiménez cuenta que fue un accidente, una cosa del momento, que un tipo le arrojó una botella a otro y le pegó a él, pero no fue así. El golpe fue para matarlo porque era líder de gente de mierda y en este país no queremos gente de mierda, según confesó un arrepentido diez años después en Asunción del Paraguay. El botellazo fue tremendo. Jiménez cayó al suelo con conmoción cerebral en medio de un charco de sangre y se despertó cinco meses después en un hospital. Estuvo al borde de la muerte o en el mejor de los diagnósticos de la parálisis total. Incluso le quedaron algunas secuelas, especialmente su incipiente tartamudeo al hablar. Entonces la ignorancia, la fantasía y la imaginación de la gente o una campaña diseñada, elaboraron un verdadero muestrario de rumores a cerca de la vida privada de La Mona Jiménez. Menos bonito, le dijeron de todo.
Que: -Pero ojalá que se muera ese negro de mierda.
Que: -Mi querido doctor, no se preocupe por estas situaciones urbanas de menor cuantía, che. A este negro zurdito con ascendencia entre el lumpenaje y cuyo nombre de guerra es La Mona, le dieron su merecido porque anduvo poniendo plata para financiar a unos guerrilleros, che…
Que: -No te preocupes Clotilde, después que se muera, en un par de días la gente se va a olvidar de este negrito guacho y orillero que es un mal ejemplo para nuestra sana juventud.
Que: – Le pusieron una plaqueta de platino en la cabeza, pobre Mona. Parece que va a quedar medio tocame un vals.
Que: – Fue un ajuste de cuentas por un asunto de drogas y juego clandestino, me lo dijo un muchacho que sabe…
La Mona Jiménez no respondió jamás ninguna calumnia. Salió de su conmoción cerebral y tras un año de rehabilitación le hizo un corte de manga a las habladurías y siguió haciendo lo que hizo toda su vida: Bailar, cantar, divertir a la gente y repartir parte del dinero que gana sorteando en algunos bailes una vivienda o un taxi para que los más humildes tengan un techo o cómo ganarse la vida. Hace algunos años atrás, hasta lustró zapatos, vendió diarios y condujo un taxi por toda la ciudad para recaudar fondos en beneficio de los que menos tienen. De madrugada, a las cinco de la mañana, ya andaba Jiménez por toda la ciudad con un cajón de lustrar, un banquito y una alcancía ofreciendo sus servicios de lustrín a cuanta persona encontrara para que depositaran unos pesos, a voluntad, en ayuda de los más pobres. Lo mismo hizo voceando y vendiendo diarios y luego transportando gente en un taxi. Y no sólo a quienes menos tienen ayudó. También ayudó a los ricos, a los más pudientes, a sus vecinos del Cerro de Las Rosas, quienes alguna vez organizaron una campaña de lo que ellos llaman moralidad en defensa de la raza blanca y juntaron firmas casa por casa para echarlo del barrio porque por más plata que tenga un negro de mierda como él no merece vivir en un barrio tan… de gente como uno ¿vio?.
Jiménez nunca recriminó a sus vecinos, al contrario. Con su silencio dio una gran lección para reflexionar. Y quienes ayer juntaban firmas, hoy junto a sus hijos y nietos bailan alegres con La Mona en cada fiesta familiar.
Muchos cuarteteros han sufrido públicas discriminaciones, pero difícilmente tanto como Jiménez. La Mona ha llegado a ser declarado persona no grata en algunos bares y confiterías bajo el amparo del derecho de admisión y debió retirarse muchas veces en silencio para evitar un escándalo. Una vez en una distinguidacamisería del centro de Córdoba no quisieron venderle una camisa y le pidieron que se retirara del comercio como si tuviera sarna u otra enfermedad contagiosa. Y sin embargo algún día una calle de la ciudad o una plaza pública llevará su nombre y hasta es probable que algún simpático candidato en busca de votos proponga levantarle un monumento y otros candidatos, también simpáticos, se opongan. Y los buenos vecinos de su barrio dirán -era de acá, del barrio. Y los vendedores de camisas les contarán a sus hijos que ellos le vendieron las mejores camisas a la Mona Jiménez y que algunas hasta se las regalaron.
A El Cuarteto Leo le tocó divertir a excluidos en el campo, a La Mona a excluidos urbanos. Entonces, allá, ellos habían llegado de a caballo, de a pie o en bicicleta, felices y ansiosos por entrar al baile. Tenían la risa fácil, sus dentaduras desprolijas y sus bocas grandes salpicadas con dientes amarillentos de tabaco y sarro. Aquí, en la ciudad, ellos habían llegado enojados. Con una injusticia bajo el brazo, un atropello en la frente y un olvido entre las manos. Con la efervescencia de los años Sesenta, las ideologías mezcladas con las conveniencias personales de los Setenta, la ambición sin límites por el poder de los años Ochenta y después con las manos vacías por la recesión, la falta de trabajo y la desocupación de los Noventa que los dejó sin esperanzas, convirtiéndolos en fantasmas excluyéndolos del sistema.
Aquellos y estos, aún hoy, siguen siendo criollos despreciados. Esta vez junto a nuevos inmigrantes paraguayos, bolivianos, peruanos e insólitamente también chinos y coreanos. Cansados y con poca plata. Olvidados, muchos todavía analfabetos, pero todos con obligaciones y sin ningún derecho.

En el campo El Cuarteto Leo divirtió e hizo feliz a la gente. En la ciudad La Mona Jiménez, además de divertir, contiene a quienes nadie contiene y aunque muchos todavía no lo quieran aceptar, evita cotidianos estallidos sociales. Destino común que le dicen; el de La Mona y el del Cuarteto.

Por Alejandro González Dago / escritor

En la Córdoba de la Nueva Andalucía
El 11 de enero de 2021, día que la Mona Jiménez cumplió 70 años