No hay Menem sin Alfonsín

Carlos Menem: su tiempo, el mundo y Córdoba (I)
Por José Emilio Ortega

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Carlos Saúl Menem (1930-2021), fue el último líder argentino del siglo XX. Junto a Raúl Alfonsín, encarna la difícil transición democrática asumida por nuestro país tras la retirada que la dictadura militar debió emprender desde mediados de 1982, finalizada la guerra de Malvinas.

La historia argentina, siempre pendular, se explica habitualmente por pares dialécticos: procesos que no podrían haber nacido sin el desplazamiento inexorable del instrumento, en un sentido o en otro. En la transición democrática, ¿Dónde nace o donde termina el vaivén? Para algunos, Alfonsín supuso el desplazamiento inicial y Menem el regreso; para otros, ambos son la continuidad de un largo envión, suficientemente consistente para no encontrar, a su regreso, el timbre de un cuartel.

Cierto es que no puede explicarse a Carlos Menem sin considerar a Raúl Alfonsín; tampoco, soslayando las previas y complejas alternancias entre gobiernos de facto y etapas constitucionales indefectiblemente marcadas por la amenaza inminente de un nuevo golpe impulsado por una estructura de poder permanente: el “partido militar” cuya influencia se extendía a una porción de dirigencia política funcional a las circunstancias.

En ese accidentado derrotero, previo al proceso de recomposición política que Argentina vivió desde 1983, tanto Menem como Alfonsín hicieron la experiencia de vida que determinó su ciclo. Dentro del movimiento pendular. Nacieron cuando se cocinaba la debacle política que terminaría en el primer golpe de Estado del siglo: el de Chascomús, en 1927; el de Anillaco, en 1930. Ambos descendientes de familias foráneas, eran la generación que arraigada en el país, daba un paso socialmente significativo, y se formaba en la Universidad Pública; nacía un compromiso diferente entre esos hijos de extranjeros y el país que los cobijaba.

Carlos Menem, en Anillaco, La Rioja.

Recuerdo una visita de Alfonsín al Consejo Superior de la U.N.C. (año 1998 o 1999, siendo Rector -como hoy- el doctor Hugo Juri), conectando su discurso magistralmente el ímpetu inmigrante, la renovación de las ideas políticas, el impacto en la Reforma Universitaria y el señalamiento de que (palabras más o menos) “solo así, el hijo de un comerciante gallego y el de un tendero sirio pudieron estudiar en la Universidad, y alcanzar la Presidencia de la Nación argentina”.

Raul Alfonsin en Chascomus, Buenos Aires

Twitter recordando la Reforma Universitaria.

Palabras muy parecidas expresó no mucho tiempo después el doctor Menem (2003) cuando de campaña electoral por Córdoba, luego de conversar con el “establishment” universitario de entonces (representantes de todas las Casas de Estudio locales), me regaló unos minutos de su tiempo y una conversación inolvidable. Le señalé la coincidencia con la visión de Alfonsín: sólo sonrió y se encogió de hombros.

Aquellos jóvenes profesionales, conscientes de su pertenencia a una clase media profunda y legítimamente aspiracional, apreciando el valor de la movilidad social ascendiente y su responsabilidad frente a esa comunidad, no tardaron de protagonizar los primeros capítulos de su historia política. Nacidos a la actividad en las postrimerías del decenio peronista, cabalgan los dieciocho años de proscripción justicialista desde sus realidades, quizá no tan diferentes: uno en el radicalismo bonaerense haciendo el tradicional “cursos honorum”, el otro en el peronismo de provincias, variable según los liderazgos locales y su posicionamiento frente al exiliado en Madrid, a quien Menem conoció en 1964, de la mano de Jorge Antonio.

Son los años ’70 los que forjan a estos grandes líderes de los ’80 y ‘90. En 1973, vemos a Alfonsín decidido a una profunda transformación del partido y su rol en la sociedad argentina, impulsando el Movimiento de Renovación y Cambio, disputando una elección interna presidencial. Y a Menem, resuelto a gobernar su provincia para alcanzar desde esa plataforma los primeros planos. El radical expresará reparos frente al acuerdo nacional que proponía Perón y al que se sumaba Balbín; el otro, renovará sus credenciales con el viejo líder y será parte del selecto grupo que lo acompaña en su retorno al país (luego lo despedirá en su sepelio, representando a todos los mandatarios provinciales). Como Gobernador, mantendrá una postura de alineamiento con el General primero y con Isabel después (y una convicción por defender la continuidad del mandato presidencial votado en 1973,con una salida electoral hacia 1976, en la que no descartaba completar una fórmula con su comprovinciana María Estela Martínez).

En los últimos cuatro años de la década de 1970, ya tiene lugar la dictadura militar. Alfonsín había sido co-fundador de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos en 1975 y se consolida como un referente democrático, una voz opositora firme, un líder partidario de estilo actualizado, de agenda progresista y aggiornado al socialismo democrático europeo. Menem, preso político por cinco años, retoma sus recorridos por los más recónditos puntos de la Argentina (sin descuidar Buenos Aires) y sigue escribiendo su leyenda.

Ambos eran dirigentes con experiencia, pero que hacia 1983 se presentan como opciones “renovadas”: de edad intermedia, no cargaban con el peso del tránsito por antiguas administraciones nacionales. Recordemos otros candidatos: Luder, Frigerio, Alende, Martínez Raymonda, Manrique, Alsogaray, etc. Sin transformaciones sustanciales de las opciones electorales, los cambios de percepción de la sociedad política continuaron canalizándose principalmente por los dos partidos mayoritarios tradicionales, de base “movimientista”. Pero la emergencia de referentes como Alfonsín o Menem muestran la dinámica de sectores internos dentro del justicialismo o del radicalismo. Había hambre de cambios.

El histórico acto electoral del 30 de octubre de 1983, coronado por la asunción de Alfonsín el día de los Derechos Humanos (10 de diciembre), generó dos hechos políticos fundamentales. Se establecieron en primer término, bases fundamentales para la participación política. Los partidos se ratifican como instrumentos necesarios para implementar un orden democrático. Tras la experiencia recogida en los gobiernos de facto, habitualmente proscriptor de una, varias o todas las agrupaciones, éstas fueron ungidas por la ciudadanía en el polo opuesto, como lo demuestran las campañas de reafiliación previas a la elección y el éxito de ese proceso político (la gran masividad en los actos de campaña y la altísima participación electoral), suficiente para otorgar un golpe casi fundamental a las pretensiones (resignadas pero no acabadas, como nos muestran hechos posteriores) del “partido militar”. El radicalismo alfonsinista sintoniza las expectativas mejor que el justicialismo, inmerso aún en la gran debacle generada tras el fallecimiento de Perón (sólo habían pasado nueve años desde la muerte del líder y siete de ellos sin actividad partidaria).

Casi como una consecuencia de aquello, en segundo lugar, se alentó el resurgimiento de la idea de liderazgo hegemónico, en Nación y en Provincias, con amplio anclaje en sectores políticamente disponibles, que en función de los contextos apeló a la tradición o la renovación.

Pero como dijimos, las expectativas políticas también fueron cambiando. La primera gran demanda ciudadana por alcanzar un estándar democrático, conllevaba un segundo reclamo por asumir serios capítulos de la agenda política en los cuales la experiencia de gobierno era crucial. Tanto la política interior, como la exterior, se encontraban atravesadas por la necesidad de abordar activamente un sinnúmero de asuntos de orden institucional, social y económico. Allí los consensos no abundaron y hasta la amenaza de la interrupción del orden constitucional volvió a aparecer. Aún cuando Alfonsín muestra cierta apertura inicial (por caso al ofrecer a Italo Luder sumarse a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, sostener un discurso muy amplio que le sigue rindiendo en las clases media y alta como aquella famosa convocatoria de Parque Norte -1985-), el entonces Presidente se cierra en torno a la U.C.R., priorizando un entendimiento con el balbinismo que no alcanza para alumbrar a un equipo de gobierno actualizado y competente.

Raúl Alfonsín, Víctor Martínez,  Tróccoli y el resto del gabinete radical.

La compleja convivencia entre radicales de paladar negro -algunos figuras emblemáticas del antiperonismo- como Grinspun, Pugliese, Tróccoli o Alconada Aramburu, entremezcladas con intelectuales del perfil de Delich (más vinculado al partido), Portantiero o Terragno, dirigentes provinciales de peso propio y miradas muy influenciadas por su contexto como Víctor Martínez, Angeloz, Montiel, Llaver, Armendáriz, y jóvenes de mirada centro izquierdista formada en la Universidad inicialmente al calor del mayo francés como Becerra, Cáceres, Storani (Freddy), Campero, Stubrin, Nosiglia, etc., muestra a aquel elenco como un rompecabezas siempre inacabado, mientras los problemas se multiplicaban. En 1985, el oficialismo ganaba su primer test electoral (legislativas nacionales), pero el dificultoso andar del gobierno ya mostraba consecuencias: el PBI caía casi un 8%.

En tanto, el peronismo se recomponía en una intensa lucha interna. Hacia la elección nacional de 1983, Martínez de Perón seguía siendo la jefa formal del partido (en los hechos a cargo del vicepresidente primero, Deolindo Bittel, quien participó en la Multipartidaria de 1981/82) y los precandidatos presidenciales eran figuras que habían cobrado renombre en las etapas políticas anteriores (Luder, Robledo, Matera, Cafiero). A ese núcleo de poder, se sumaba el bonaerense Herminio Iglesias (candidato a Gobernador en su Provincia). La C.G.T., en tanto, se encontraba dividida (sedes Azopardo y Brasil), manteniendo protagonismo las “62 organizaciones”, controladas por el metalúrgico Lorenzo Miguel, heredero del imperio que probablemente el asesinado Rucci había llevado a su punto más alto de visibilidad en la década anterior.

Luego de la elección, comenzó la declinación de los llamados “mariscales de la derrota” mientras los gobernadores de provincia (el PJ conducía doce jurisdicciones) y algunos dirigentes provinciales o nacionales que habían logrado esquivar el escarnio recomponían alianzas. El 31 de octubre de 1983, a horas de la histórica derrota -por más de diez puntos de diferencia- de los candidatos presidenciales justicialistas, Carlos Menem, victorioso en su provincia, señala la necesidad de una profunda renovación del partido, trabajando activamente desde entonces en esa dirección.

Durante los años 1984 y 1985 el justicialismo ingresará en zona de ebullición. El combustible que su fenomenal campaña de afiliación había generado (más de 3.500.000 en todo el país) y el sólido desempeño a nivel local en numerosas provincias y municipios, sin perjuicio de su peso en el Congreso y la natural influencia de las estructuras sindicales, empujaba la vocación de poder de muchos dirigentes que instalarán gradualmente el cambio. Nacía la “renovación peronista”. Durante 1985 y 1986 se sucederán los congresos partidarios (Río Hondo, Santa Rosa, Tucumán) que darán la definitiva identidad a este movimiento dentro del movimiento determinando una nueva fisonomía dentro del peronismo. Menem fue parte de la avanzada renovadora pero finalmente acuerda con la estructura ortodoxa. De un lado quedó Cafiero, exministro de Perón e Isabel, junto a una camada de dirigentes jóvenes como Manzano, Grosso o de la Sota. Del otro, el riojano; que a diferencia de los renovadores más “puros”, no pretendió entonces un nuevo justicialismo hecho a medida de la clase media, sin mayor dependencia del movimiento sindical y completamente rehecho en su fisonomía, sino más bien un aggiornamiento de líderes y agenda que básicamente le asegure el liderazgo.

Carlos Menem y Antonio Cafiero, llegan a la elección interna justicialista del 9 de julio 1988, la más democrática de toda la historia del partido de Perón. La fórmula Menem-Duhalde se impuso a Cafiero-de la Sota.

Mientras seguía gobernando su Provincia (de hecho fue el único renovador que ganó su distrito en las legislativas nacionales de 1985) y era el primero en reformar la constitución local (proceso que siguieron gran parte de las provincias argentinas durante aquellos años y que anticipó las tendencias finalmente concretadas en la reforma nacional de 1994), se mostraba conciliador con el gobierno nacional (a diferencia de la cerrada oposición que ejercía el peronismo en general) y que se mostraba frente al gran público de las maneras más diversas: corriendo un coche de rally, coqueteando con el mundo de la farándula o provocando con su look.

Para 1987, mientras la estrella alfonsinista seguía declinando, la de Cafiero y Menem ascendía. La renovación de gobernaciones de provincia deja más jurisdicciones en manos justicialistas: entre ellas Buenos Aires, ahora comandada por Cafiero. En muchos distritos crece el empuje del peronismo renovador, entre ellos en Córdoba, donde el grupo que conduce José Manuel de la Sota, luego de enfrentar y ganarle al partido en la constituyente provincial, ha logrado controlarlo con buena performance en la elección de autoridades provinciales (Angeloz gana ajustadamente). Se había sorteado un crítico desafío. Tras afrontar con respaldo íntegro del arco político los graves episodios de Semana Santa (rebelión militar iniciada en Córdoba), se renovaron legisladores nacionales y provinciales, más todos los gobiernos de provincia y municipales. A fines de ese año, un congreso en Mar del Plata (teatro Bambalinas) renueva la conducción del Partido Justicialista: desplazada definitivamente Isabel de la conducción simbólica de la agrupación, el bonaerense (alguna vez llamado “el ministro lactante” por Perón, dada la juventud con la que asumió su responsabilidad en la década de 1950), será su Presidente; Menem, el vicepresidente primero.

Mientras Cafiero y su grupo seguían pensando en un peronismo de impronta social cristiana, enfocados en disputar votantes que probablemente habían hecho diferencia para el alfonsinismo en 1983, como una suerte de continuismo con matices, Menem ensayaba diversas variantes: las semanales imitaciones de Mario Sapag, el humorista de más rating en la Argentina, o su activa participación en diferentes medios -desde revistas del corazón hasta el Tiempo Nuevo de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona-, al tiempo que cultivaba acuerdos con gobernadores e intendentes justicialistas o no justicialistas y pasaba “con la ambulancia” recogiendo resentidos con la -según dicen- petulante guardia de corps del gobernador bonaerense. Entre ellos, al propio Lorenzo Miguel, entre otros sindicalistas de peso (Barrionuevo, Triaca, Ibáñez, etc.).

Así se llega a la elección interna justicialista del 9 de julio 1988, la más democrática de toda la historia del partido de Perón. La fórmula Menem-Duhalde (un intendente del conurbano bonaerense que había jugado fuerte), se impuso a Cafiero-de la Sota. Alguna vez, integrando como Secretario de Estado un elenco de gobierno, me tocó escuchar, repasadas en algún “fuera de horario” por actores principales, ciertas notas de aquella jornada -el acierto del riojano de plantear el distrito único, la limpieza del comicio, la sorpresa para buena parte de la dirigencia ante el resultado, los códigos del derrotado al no intentar fracturar el partido-; pregunté qué los había llevado a descartar el triunfo de Menem, pues para el ciudadano comúnde 1988 -entre ellos quien escribe, entonces un alumno universitario de los primeros años sin ninguna experiencia- no parecía tan fuera de lugar. Tras las respuestas, llegué a la conclusión de quelos virajes exactos del riojano, el anticipo de situaciones, y una profunda racionalidad, sin dejarse llevar por “climas de época” ni efervescencias inconducentes, habían sido su acierto, frente al exceso de confianza renovadora.Mientras la experiencia radical experimentaba una caída libre, agobiado Alfonsín, política, social y económicamente, Menem va camino a su primera Presidencia, en elección que gana en mayo de 1989, asumiendo el poder anticipadamente, el 8 de julio de ese mismo año.

El 4 de noviembre de 1993 Raúl Alfonsín y Carlos Menem se reunieron en la casa de Dante Caputo, en la localidad bonaerense de Olivos (NA). Allí se acordó la reforma constitucional de 1994 (Pacto de Olivos)

José Emilio Ortega

Foto de cabecera: Menem y Alfonsín, retratados de incógnito por Víctor Bugge, fotógrafo presidencial, en los jardines de la Residencia de Olivos.