La política exterior y la “transición democrática”

Carlos Menem: su tiempo, el mundo y Córdoba (II)
Por José Emilio Ortega

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El regreso al Estado de Derecho sigue consolidándose. Menem recibe de Alfonsín, los atributos presidenciales, tras 83 años en que la Argentina no registra un acontecimiento similar. El diálogo entre ellos no se había cortado y tampoco se interrumpió, como se verá, en los años siguientes. El riojano anuncia un gabinete predominantemente justicialista, incluida la renovación que por decisión de Cafiero, había dejado de existir como línea interna respaldando la candidatura victoriosa (48% contra el 37% de Angeloz).

Algunos habían cruzado el río anticipadamente, otros se fueron sumando posteriormente. De hecho, cafieristas como Grosso, Manzano o Corach terminaron siendo importantes funcionarios del gobierno menemista. En su primera presidencia (de seis años, en vigencia de la Constitución de 1853-60), Menem nombró 34 ministros; en algunas carteras, a razón de uno por año, mientras que en otras mantuvo un solo titular (Obras Públicas, a cargo de Roberto Dromi).

Menem, Carlos Corach y Alberto Kohan.

Maria Julia Alsogaray, Roberto Dromi y Menem.

En el segundo mandato (cuatro años, conforme la reforma de 1994, más cinco meses por disposición transitoria de ésta para retomar al 10 de diciembre como fecha de recambio presidencial) fueron 18 titulares de reparticiones ministeriales -dos de ellos Jefes de Gabinete de Ministros, institución nacida en la modificación de la Carta Magna-. Cuando repasamos nombres de funcionarios de primera línea (y agregamos Secretarios de Estado, Asesores Presidenciales, titulares de Entes Autárquicos de primer nivel o Embajadores) advertimos además de la apertura del gobierno al partido (por sectores internos, por representación partidaria o gremial, por jurisdicciones), la incorporación de figuras extrapartidarias con o sin relación previa, dirigentes de otros partidos y actores de otros campos, como empresarios o incluso figuras de renombre (artistas, deportistas, etc.), en la medida que estas incorporaciones contribuyen a la distensión o contención de los muchos problemas de agenda que lo esperan al tomar el sillón mayor de la Casa Rosada y cultivar su propio liderazgo. Nombró sólo dos Cancilleres en sus dos gobiernos, ambos economistas: Domingo F. Cavallo (1989-1991) y Guido di Tella (1991-1999).

No puede prescindirse del contexto interno y externo para analizar las políticas llevadas a cabo por el doctor Menem en sus diferentes áreas. Mientras la deuda externa seguía siendo un problema crítico y se agotaba por desfinanciamiento, desinversión, falta de actualización, ineficiencia, etc., la denominada (por politólogos como Cavarozzi) “matriz estadocéntrica” (el sector público como proveedor de numerosos bienes y servicios), la inflación de 1989 alcanzó el 3079% y en 1990 fue del 2314%. La caída del P.B.I., 7% y 1,3%, respectivamente.

En tanto el mundo venía experimentando cambios significativos: las economías de ajuste y reforma estructural en los principales centros de decisión de poder mundial (cuyos emblemas son Reagan en los EE.UU. y Thatcher en Reino Unido), el desplome de la Unión Soviética, el fin de la Guerra Fría (cuyo hito es el derrumbe del Muro de Berlín) y la transición democrática en el Cono Sur: Bolivia (1982-1985), Uruguay (1985), Brasil (1985), Paraguay (1988), Chile (1989-1991).

Reina Isabel II y Carlos Menem.

Carlos Menem y Bill Clinton

¿Menem asume una política exterior “pendular”, respecto a la desplegada por Raúl Alfonsín? Éste había confiado el Palacio San Martín a Dante Caputo, un sociólogo formado en Francia que ensaya lo que la doctrina da en llamar un “giro realista”, apuntando a motivar el interés de los países occidentales en la recuperación democrática argentina, al relanzamiento de la democracia en la región sudamericana y a la procura de oportunidades para el país en nuevos mercados. La continuidad inmediata entre su gestión y la dictadura que concluía, con la necesidad de diferenciarse de ésta, le generaron a Caputo importantes obstáculos domésticos (en su partido y frente a la oposición) para plantear posiciones más explícitas de acercamiento a la órbita occidental, en particular Washington.

La crisis continental generada por la abultada deuda externa fue otro motivo de tensión entre Argentina y los países centrales, fundamentalmente los EE.UU. Pero más allá de los discursos, en los hechos la política exterior del país asumió con Alfonsín que no se prescindir y mucho menos renegar (aún frente a la atávica demonización y el constante recuerdo de la posición de Reagan en la guerra de Malvinas), en pleno siglo XX, de la relación amistosa con el país del Norte para resolver una complicada batería de problemas dentro y fuera de la República. En ese contexto, el decidido acercamiento al Brasil, en proceso que nace en 1985/86 y termina en el Mercosur de 1991, apunta en la misma dirección.

Menem, entonces, no aplica su famosa “cirugía sin anestesia” (con la que justificó ajustes, reformas bancarias o monetarias y privatizaciones) al decidir el rumbo internacional. Asumió con pragmatismo el “realismo periférico” que postulaba el recientemente fallecido Carlos Escudé: un país que se sabe menos central que otros en la dinámica mundial, se acerca a una determinada zona de influencia, sin renunciar al objetivo nacional o “realista”, en función de sus intereses. Ello no implica un cambio de postura respecto a lo actuado por el país entre 1983 y 1989. Recuerda Roberto Miranda que frente al concepto “relaciones maduras” que se utilizaba en tiempos de Alfonsín para explicar la relación con los EE.UU., Cavallo empleará “relaciones excelentes” y di Tella “relaciones carnales”. Como señala este autor, Menem profundizó este “giro realista o pragmático” pero no imprimió un verdadero cambio de políticas.

El Presidente lee el cambio de época. Confirma decididamente su cierre con Occidente y en particular con Washington. Se encuentra entre los primeros países que reconoce a los Estados nacidos del desmembramiento de la Unión Soviética. En su momento, envía tropas a la Guerra del Golfo. Retoma las relaciones con el Reino Unido (con el famoso “paraguas” por Malvinas). En su discurso procura ofrecer al mundo una imagen confiable, que está haciendo las reformas estructurales necesarias en tanto opción para recibir inversión extranjera directa (serán casi 78.000 millones de dólares entre 1992 y 1999).

Sarney (Brasil) Alfonsin y Sanguinetti (Uruguay)

Menem, Cardozo (Brasil) y Castro (Cuba)

Cierra en marzo de 1991, en Asunción, el acuerdo para constituir el Mercosur, junto a Brasil, Uruguay y Paraguay. Consolida con Chile un acercamiento que lo hará ser recordado en ese país como el presidente argentino más preocupado por la relación bilateral. Pero ni el acercamiento a la órbita estadounidense, ni la consolidación del tándem con Brasilia, ni el agrupamiento del Cono Sur, ni la concordia con Santiago, ni la procura de un entendimiento político o económico con la entonces Comunidad Europea a partir de España, hubieran sido posibles sin la importante base que en cada caso dejó la diplomacia del doctor Alfonsín.

El tema es más complejo: la apelación de Menem al “primer mundo” como alternativa real y viable sin escalas, el efecto que produce la convertibilidad y las posibilidades de interacción con el exterior, los asentamientos de importantes empresas multinacionales, por sí la mayoría y también asociadas a firmas locales: Telefónica, Telecom, Eletricité de France, Fiat, Citroën, General Motors, Renault, Toyota, Honda, Iberia, British Gas, Repsol, P&G, Falabella, Carrefour, Unilever, Wal-Mart, Zara, Santander, Scotiabank, Blockbuster, Sheraton, Howard Johnson, Disney, entre otras, ralentizan la percepción de los efectos negativos del endeudamiento y las consecuencias de esa drástica apertura en la economía local. También los errores y las causas que aún la Justicia no ha podido esclarecer, como las triangulaciones de venta de armamento a Croacia o Ecuador (con el capítulo incompleto de la explosión en la Fábrica Militar de Río Tercero) y los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA, son episodios que un análisis más profundo debería incluir dentro del balance.

Pero volviendo a lac ontinuidad entre las políticas radical y peronista de la transición democrática, ello también se refleja en el acuerdo de Olivos, animado por Menem y Alfonsín para reformar la Carta Magna nacional y determinar importantes arreglos institucionales. Se entremezclan nuevamente aspectos de política doméstica e internacional. La jerarquía constitucional que se le otorga a los tratados de DD.HH., el estatus supralegal que se asigna a los acuerdos de integración, entre otros aspectos, confirman que ambos mandatos, lejos de mostrar el vaivén del péndulo, importan la continuidad de un proceso que reconoce liderazgos diferentes, en un mundo diferente.

Entre los embajadores enviados a destinos importantes para nuestro país, contaron junto a los diplomáticos de carrera, figuras de la política o de otros campos (cultura, deporte, empresas, etc.). Entre muchos señalamos al propio di Tella, Ortiz de Rozas, Guelar, Granillo Ocampo (EE.UU.); Luder y Lanús (Francia); Figuerola, Lohlé (Francia); Cámpora, Pfirter (Reino Unido); Porta (como plenipotenciario es destinado en Sudáfrica); Listre (Rusia); Asís (Unesco); Vázquez (ONU); Llambí, Patiño Mayer, Antonietti (Uruguay); Vázquez, Mosquera (Chile); de la Sota, Guadagni, Guelar, Herrera Vegas (Brasil).

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Por José Emilio Ortega

Portada: El ex Canciller Guido Di Tella (“relaciones carnales2) Carlos Menem y el ex Presidente de EEUU, George Bush padre (Perfil)