Performance: Borges, los Rollings Stones y los mafiosos metafísicos

Por Luciano Salvador Tarletta

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I. Hacia 1968 los productores de la compañía cinematográfica United Artist tuvieron la feliz ocasión de invertir en el proyecto de lo que luego sería Yellow Submarine, la célebre película animada basada en la canción homónima de los Beatles. Fue un éxito, no sólo porque fue aclamada por la crítica y el gran público, sino también en taquilla, a causa de las sumas cuantiosas que otorgó a la firma estadounidense. El intento de emulación de este éxito no tardaría en llegar.

Una de sus competidoras, Warner Bros, comenzó a planear una cinta similar, que tuviera a Mick Jagger de protagonista y fuese musicalizada por los Rolling Stones. Todo parecía augurar un éxito análogo. Sin embargo, para desgracia de la compañía y ventura de los espectadores, el proyecto cayó en manos de los por entonces desconocidos vanguardistas Donald Cammel (guión) y Nicholas Roeg (fotografía) que codirigirían el film. El resultado fue la híbrida, deshinibida, inquietante, Performance, estrenada en 1970.

La fuerza de Performance, conjeturamos, no proviene tanto de los contenidos que aborda (por lo demás, en boga durante la época), sino más bien de la extraña forma en que están representados. En efecto, el sexo explícito, la fragilidad de los límites entre lo masculino y femenino, las drogas alucinógenas, el sadismo, la identidad personal y su búsqueda, la aparición de dobles, la muerte, pueden o no conmovernos, según nuestra disposición de ánimo y nuestra experiencia de vida. Lo que no nos deja indiferentes, lo que resulta provocador en el film, es la estructura laboriosa que Roeg y Cammel para esos tópicos, su heterodoxia y su vocación experimental.

A diferencia del relato clásico, que nos presenta a un héroe con sus hazañas y desventuras y nos mantiene en vilo por su suerte, la narración en Performance es deliberadamente ambigua y retorcida: no estamos seguros de lo que ocurre, pero lo intuimos y eso nos perturba. Podríamos decir que la forma del film se asemeja a la de un laberinto onírico, en el cual la identidad de sus miserables protagonistas se deshace al verse multiplicada al infinito por ignominiosos espejos. También a un rompecabeza compuesto por espejos de diversa índole, que nos devuelve un rostro desconocido y desfigurado. Y también Borges, por supuesto.

II. El anglicismo “performance” vale para una intervención artística en un espacio público, cuya intención es desconcertar al espectador; también significa espectáculo, actuación. Podemos decir que el segundo significado connota lo que sucede en el mundo de la película, en que la persona es reducida a una mera actuación, un simulacro de máscaras y conductas aprendidas para satisfacer las demandas de la sociedad. El primero, a la película como tal, que constituye un objeto misterioso que frustra nuestras expectativas de interpretación.

El argumento puede resumirse facilmente. Estamos en el mundo de la mafia de Londres, a fines de los ’60. Curiosamente, los mafiosos leen una versión inglesa de una “Antología personal” del escritor argentino Jorge Luis Borges en sus ratos libres. Seguimos la vida de Chas (James Fox), un fascineroso orgulloso de su condición y que está muy seguro de quién es. Odia a los extranjeros, a los miedosos y a los hippies. Ama su profesión y la practica con tanto ahínco que se concibe a sí mismo como un artista. Su arte consiste en la extorción, la amenaza, la tortura, el homicidio. También se considera, un poco jugando, como un llanero solitario. Nada más lejos de la verdad. Todos sus crímenes están comandados y respaldados por la estructura de la mafia, tan burocrática como la de cualquier Estado o empresa, y que actúa bajo su misma lógica: aumentar su caudal de poder y dinero a toda costa.

Basta recordar el curioso vocabulario del líder de la organización, llamado Harry Flowers (un cómico y desesperante Johnny Shannon): “la existencia de la pequeña y mediana empresa es antinatural en estos tiempos”. “Fusión” es el eufemismo que el capo usa para subyugar a cualquier emprendimiento que pretenda prosperar en los márgenes de su riguroso dominio. Cualquier semejanza con situaciones actuales en nuestro país y en cualquier lugar del globo es pura coincidencia.

Para funcionar en ese mundo aciago Chas debe limitarse a cumplir órdenes y ser, como lo indica el detestable Flowers, un engranaje más. Sin embargo, su naturaleza de artista lo traiciona: se excede en un trabajo y termina matando a quien no debía. Excomulgado del grupo y perseguido por sus antiguos colegas, nuestro protagonista busca refugiarse en algún rincón de Londres hasta conseguir un salvoconducto hacia Estados Unidos. Desterrado, sin cobijo, escindido de su pasado, este viaje será la ocación para cuestionar su identidad, para reconstruir su persona.

Es por puro azar que llega a ser inquilino de Turner (Mick Jagger), un ex rockero excéntrico, caído en desgracia, que ocupa sus días disfrutando de una vida hedonista, con dos concubinas, hongos alucinónegos y escribiendo sus memorias. Chas detesta esa pocilga y a sus habitantes. No obstante, realiza una nueva performance: se hace pasar por un malabarista, por un trotamundos, cambia facilmente su identidad, es maleable a su nuevo entorno. De a poco, ambos personajes sentirán una fascinación mutua que franqueará los límites del yo y de lo otro. Sus vidas, tan disimiles en principio, se aunarán peligrosamente. Chas quiere ser Turner y Turner quiere ser Chas, pero en forma secreta, hasta para los mismos personajes.

III. Algo que siempre cautivó a Borges fue la capacidad de sentir perplejidad. Si aventuró la lectura y el estudio de la metafísica y de la teología no fue para encontrar respuestas definitivas a interrogantes tradicionales, ni para hacerse de una vana erudición, sino por esa conmoción que provocan los enigmas siempre abiertos y la fascinación por las construcciones conceptuales que las diversas generaciones han erigido para intentar abarcar, ilusoriamente, la totalidad. Esquemas humanos, cuyo pretendido status de verdad absoluta es eclipsado por su su belleza y por las posibilidades estéticas que se entrevén en ellas.

En este sentido, uno de los problemas filosóficos que más estimuló al escritor argentino fue el de la identidad personal. El hecho de que todos, intuitiva e inmediatamente, sabemos quienes somos, pero, cuando nos decidimos a buscar ese “yo” del que estamos tan seguros sólo nos topemos con un conjunto interminable de imágenes, nombres, recuerdos; el que varias identidades pueden habitar en un sólo ser humano con el paso del tiempo, o que dos personas diferentes en apariencia puedan ser una y la misma; el que el destino, en al parecer fatal, pueda ser obra de una misteriosa voluntad que opera a escondidas de la conciencia individal; todos estos temas aparecen continuamente en su obra, sin nunca llegar a una conclusión definitiva, sin desmedro del original uso literario que Borges hace de ellos.

Precisamente el tema del destino personal y su vínculo con la construcción de la propia identidad es el hilo conductor de su relato (su mejor relato, según supo decir) “El sur”; cuento que el personaje de Mick Jagger lee en voz alta hacia el final de la película. Algo en el texto lo perturba. Es entonces que una de sus amantes lo interrumpe y le dice que Turner y Chas, que se odian y ocultan la atracción que sienten el uno por el otro, son más parecidos de lo que creen; que el mafioso rígido y convencional y el rockero hippie y alejado de toda norma pueden ser, en el fondo, idénticos, y sus destinos pueden sufrir el percance de confluir en uno sólo.

IV. El final de la película es reacio a la interpretación y merece permanecer así. Como señalamos más arriba, el lenguaje cinematográfico de Roeg y Cammel es deliberadamente oscuro, por lo que siempre nos movemos en el terreno de la conjetura personal y de una interpretación constante. El protagonista, luego de una sesión de hongos alucinógenos y de tener sexo con una de las amantes de Turner ha olvidado su estado de proscripto, el objetivo de expatriarse y la amenaza de la muerte. Parece que se ha obrado una auténtica mutación en su persona: ya no es el mismo. De repente se encuentra con que sus viejos compañeros de la mafia dieron con su paradero y ya están allí para hacerle rendir cuentas. Rodeado de enemigos, sin escapatoria posible, toma una atrevida decisión. Es acá donde sucede lo más extraño. Chas dispara una bala que atraviesa el cráneo de Jagger. Escuchamos la explosión y seguimos el recorrido de la bala por el cerebro (y por la ¿mente?) del que fue su anfitrión. Una foto de Jorge Luis Borges aparece en pantalla. El escritor está sentado. La bala impacta contra la imagen, que se resquebraja en mil pedazos. La escena se interrumpe y ya no sabemos quién ha muerto y quién está siendo conducido al patíbulo. Sin razones ni explicaciones, Performance tiene la virtud de seguir provocando nuestra perplejidad. Así como la obra de Borges y, podemos decir, todo lo que vale la pena.

Luciano Salvador Tarletta

Licenciado en filosofía (UNC. FFYH) / Entusiasta en cosas varias