El cura Oberlin y el 1º de Mayo

Mariano Oberlin nació en barrio Comercial, Córdoba. En 2010 llegó a la Parroquia Crucifixión del Señor, de barrio Müller – Maldonado. Dirige el Centro de Acompañamiento Comunitario Héctor G. Oberlin. Escribió el siguiente relato en su facebook y lo tomamos prestado...

Buscar Por

e

Esta pala mecánica es una donación de la empresa “Estructuras”.
No hace falta decir la alegría y el agradecimiento inmenso que sentimos por esto. Pero si creo que puede servir dimensionar lo que esto puede significar para los chicos. Y pido disculpas porque voy a hacerlo de manera auto referencial.

Siempre me gustó trabajar. No sé si eso es bueno o malo en mi caso, porque por momento se trastoca en algo obsesivo, que me absorbe, y me hace romper con cosas básicas, elementales, humanas. Quizá esa sea mí virtud, en medio de tantos defectos. O quizá ese sólo sea un defecto más.

Recuerdo que de chiquito, una vez me pasé una tarde entera raspando un pedazo de hierro del 4,2 que encontré en la calle, contra una piedra que había en la vereda de mí casa (las calles y las veredas en mí barrio en ese tiempo eran de tierra) para “fabricar” un destornillador. Es que en aquella época las herramientas eran muy caras. Cualquier herramienta, hace más de cuarenta años, era proporcionalmente muy cara en relación a un sueldo promedio. Ya a los ocho años me cruzaba al frente, a la casa del Antonio, que era mecánico, y me ponía a preguntarle cosas sobre mecánica, hasta que un día me dejó usar algunas de las herramientas, y descubrí ese mundo maravilloso, y lo que esas herramientas eran capaces de hacer junto a quien las maneja y puede disponer de ellas. Y ahí mi viejo y casero destornilladorcito quedó completamente deslucido.

Mariano Oberlin,  párroco de la Müller/Maldonado, Córdoba.

Siendo ya adolescente me tocó padecer las napas freáticas altas en un barrio sin cloacas, como era en aquel momento barrio Comercial. El pozo negro se llenaba muy rápido, así es que cada dos por tres cavaba un pozo en el patio de la casa, y con un balde desagotaba el pozo negro en ese pozo improvisado. Ciertamente la opción de contratar un camión atmosférico estaba absolutamente fuera de presupuesto, tanto por el costo como por la frecuencia. Hasta que un día me cansé de hacer eso, y decidí hacer algo que podría llegar a ser más productivo. Fabriqué una mecha (como una especie de sacacorchos gigante), y con eso comencé a hacer una perforación. Los primeros 3 metros de profundidad fueron un deleite. Pero a medida que la perforación se hacía más profunda, había que agregar más suplementos de caños y el peso para sacarla era cada vez mayor. Llegué finalmente hasta los 14 metros de profundidad (14 metros de caño galvanizado de 3/4 ensamblados, que luego había que levantar y sostener para limpiar la mecha), después de haber atravesado tosca, rompiéndola con un cortafierro puesto en la punta del conjunto de caños que giraban la mecha, y de haberme jodido los últimos dos discos de la columna vertebral.

Mí vieja no quería que haga eso, pero yo no quería ver que el agua servida podría inundar la casa. Recuerdo que me imaginaba, en esas horas de trabajo solitario, que de alguna manera la chica que me gustaba en aquel momento podía llegar a ver el esfuerzo y las ganas que ponía, y decir: qué chico más trabajador… Pero que después de olerme, podría decir: qué chico más asqueroso. Lo cierto es que nunca me vió ni me olió, más allá de mí imaginación. Y en esas cavilaciones solía pasar mis jornadas vacacionales de trabajo.

Hoy pienso que no es bueno que propongamos como ejemplo de superación situaciones en las que alguien, para poder salir de una situación de postración, tiene que dejar el hígado reventado.

El mismo Jesús, frente al paralítico de la piscina de Siloé que no podía llegar a tiempo cuando el agua se movía porque alguien llegaba antes que él y él no tenía quién lo llevara, lejos de reclamarle que no haya hecho el esfuerzo necesario para llegar por sus medios, que hubiera sido algo imposible, le dice que tome su camilla y ande, invitándolo a poner todo lo que esté a su alcance en este “andar”, pero después de haberlo habilitado para hacerlo.

Esta pala mecánica que la empresa “Estructuras” nos ha donado (que jamás hubiéramos imaginado ni en los sueños más delirantes) supone esfuerzo y responsabilidad de parte de los chicos para que de sus frutos, pero también los habilita a hacerlo sin dejar el hígado o los pulmones en el intento. Es la voz de Jesús que les dice: levántate y anda, pero que también los habilita a hacerlo.

Feliz día a todos los trabajadores y a los que hacen posible que el trabajo sea dignamente ejercido y reconocido.

Relato y reflexión de Mariano Oberlin