Estuvimos ahí

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Si te postran diez veces, te levantas.

Otras diez, otras cien, otras quinientas.

No han de ser tus caídas tan violentas,

ni tampoco, por ley, han de ser tantas…

Todos los incurables tienen cura

cinco minutos antes de la muerte.

Ese  hermoso poema de Pedro Bonifacio Palacios, más conocido como Almafuerte, lo había recitado en la Escuela Fiscal de La Calera en 6to grado. Y nunca imaginé que volvería a escuchar sus estrofas más de una década después en un batallón de Infantería de Marina, en Baterías, Puerto Belgrano, y por la radio.

“No se realizará el país sino sobre la base de la unión de los argentinos. Señoras y señores, pido disculpas. Vienen de lo hondo de mi pensamiento estas palabras que pueden no tener sentido, pero tienen profundidad y sinceridad. No soy muy amante de los poetas, pero he seguido un poeta de mi tierra: todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de la muerte”, concluyó su discurso el radical Ricardo Balbín por cadena nacional una semana antes del golpe militar del ’76, intentando detener lo inevitable.

(El mismo Balbín que había saltado la tapia de la casa de Gaspar Campos cuando Perón regresó del exilio en noviembre de 1972 y que lo había despedido en su funeral en julio de 1974: “un viejo adversario despide a un amigo”).

No alcanzó la súplica de quien era el líder del radicalismo. Los grandes grupos económicos, los civiles colaboracionistas, la prensa hegemónica, los sectores conservadores de la iglesia y las fuerzas armadas alentadas desde EEUU tenían decidido concretar el golpe contra el desastroso desgobierno de Isabel Perón.

El General había muerto y su “único heredero, el pueblo”, había sido abandonado a su suerte.

Esa apelación desesperada la escuché en una radio en la noche del batallón donde hacia mi colimba, mientras trabajaba en la cocina del cuartel luego de la cena. Me corrió un frío intenso, premonitorio de lo que vendría. Unos días después, a los más “revoltosos” nos apartaron del resto y ni siquiera nos enteramos que habían dado el golpe cívico militar, la noche más oscura jamás imaginada.

Un tiempo después, cuando imprevistamente me subieron a un colectivo de larga distancia rumbo al sur en la terminal de Bahía Blanca, supe que todos los sueños y miles de compañeros y compañeras habían caído aplastados por la más cruel y genocida dictadura de todos los tiempos.

Terminé mi colimba en Tierra del Fuego y al regresar, recién tomé dimensión de lo que había sucedido. Decenas de amigos habían sido perseguidos, encarcelados, secuestrados, desaparecidos (los inolvidables cumpas del Manuel Belgrano donde habíamos estado al frente de la organización estudiantil; entre ellos).

Los que teníamos alguna militancia estudiantil, sindical, política o social ya habíamos sufrido persecuciones o represión tras el “Navarrazo”, ese golpe policial contra el gobierno peronista de Obregón Cano y Atilio Lopez. Ante las injusticias, la entronización de los militares en el ’66 y la clausura de los partidos políticos, habíamos adherido a distintas corrientes que bregaban por un mundo mejor en medio de los vientos de cambio en América Latina.

“Nadie puede volver a dormir tranquilo si alguna vez abrió los ojos”, supimos leer por allí y el Cordobazo fue nuestro bautismo insurreccional. Encuentros parroquiales, asambleas estudiantiles, espectadores de las asambleas gremiales del SITRAC/SITRAM, noches de canto y guitarreada en la Peña del Chito Zeballos… nos fueron modelando.

Fueron años de terror, pero también de ideales y valentía. Todo lo que fuimos después -con sus más y con sus menos- no pocos de nosotros se lo debemos a los ’70. Cambió el mundo, cayó el Muro, pero no llegó el fin de las ideologías y estamos orgullosos de no haber claudicado. Claro que aprendimos…

Antes el contenido era más importante que el continente, hasta que el sentido común de las mayorías nos hizo ver que estábamos equivocados; que no hay contenido que sirva si no hay continente que atraiga. Antes era blanco o negro y luego nos dimos cuenta que hay una multiplicidad de grises. Antes el FMI nos unía y ahora nos separa la manera en cómo debemos encarar la deuda escandalosa que el neoliberalismo volvió a dejarnos.

En fin, nada es igual, con excepción de la lucha por #MemoriaVerdadYJusticia

Porque no olvidamos y porque amamos la vida, eI 24 de marzo marchamos, con la alegría inclaudicable de Madres y Abuelas #PorLaSoberanía #PorLaDemocracia #LaMemoriaEstáEnLaCalle

JN